Un golpe en la mesa. Un fuerte puñetazo sobre el verde tapete en el que se desplegaban las cartas y la toma de conciencia de la triste y cruda realidad. Esa fue la respuesta de un Barcelona, que llegaba herido al Bernabéu y salió de él con la moral por las nubes, dejando a su rival cariacontecido, sin explicaciones y argumentos a su incontestable dominio. La historia se repetía como tantas veces en los últimos años. El inmaculado estadio blanco se teñía de blaugrana y la lucha por una Liga hasta entonces camino de la capital se avivaba hasta antojarse épica.
El Madrid salió como un ciclón. El Barcelona aún estaba mirando sus cartas, pensándose su jugada cuando le llegó un órdago de improvisto al que no supo reaccionar. Un mal pase de Valdés, lo convirtió Benzema en gol llevando al éxtasis y el delirio a las 70.000 gargantas blancas que soñaban con llevarse por fin una partida. Pero no siempre el que se lleva la primera mano acaba ganando. Con el Barça aturdido por el mazazo, sin saber cómo jugar sus mejores bazas y los de Mou con la lección bien aprendida, presionar y salir a la contra el Madrid lideraba la contienda y aficionados y jugadores se veían ya acariciando la Liga. Ese fue el momento que aprovecho Guardiola para sacar a la luz el as que se guardaba en la manga. Cambió a defensa de 3, puso a Alves de extremo derecho, desactivando las subidas de Marcelo, y el equipo dio un paso adelante mientras los locales, ya sin tanto fuelle después de un gran derroche físico, dejaban de presionar con la misma furia de antes. Sin embargo, los blancos seguían por delante y lo estuvieron hasta que un genio argentino de metro setenta, el mejor futbolista sobre la faz de la tierra, se hartó. Agarró un balón en el centro del campo sin nadie a su alrededor recorrió veinte metros driblando con su pequeño cuerpo a varios futbolistas vestidos de blanco y sirvió un balón de oro para que Alexis Sánchez empatará el partido. En ese momento el castillo de naipes e ilusiones del madridismo comenzó a tambalearse y el Bernabéu fue consciente del espejismo.
El equipo de Mourinho, la conjunción de fuerza y velocidad que dominaba el campeonato liguero se hundió ante el fútbol de escuadra y cartabón propugnado por un arquitecto llamado Xavi Hernández. El Barcelona se hizo con el balón y comenzó a moverlo a su antojo sobre el tapete con el talento de Iniesta, Messi y Fábregas campando a sus anchas y demostrando que la maña bien entrenada siempre valió más que el físico comprado con dinero. Entre jugada y jugada un golpe de suerte en forma de rechace a tiro de Xavi puso al Barcelona por delante y lo que quedaba en pie del castillo blanco se derrumbó. El Madrid lo intentó pero se estrelló contra una defensa valiente comandada por un guerrero Puyol que se antojó insuperable y en una contra, tomando de su propia medicina, con la que lleva ganados más de la mitad de sus partidos hasta la fecha este año, Cesc despertó al madridismo de su sueño. A pesar de todo los de Mou siguen siendo líderes pero se antojan más débiles que su rival, le temen y se sienten inferiores. Unos hablan de suerte, otros de favores arbitrales. Pero en Can Barça siguen buscando rival digno para sus partidos en el Bernabéu.

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