Esta no es una historia sobre una gran figura del mundo del fútbol. De esas hay pocas y están muy sobrevaloradas a pesar del talento que esconden en sus botas y las pasiones y sentimientos que son capaces de levantar. Es un relato sobre alguien más sencillo, un chaval de barrio que con solo 11 años sueña con llegar un día a jugar con los más grandes. Alguien que por problemas de salud tiene que luchar más que nadie por hacer que sus deseos futuros se hagan realidad. Unas metas, que una cruel enfermedad se empeña en alejarle poco a poco un pasito más.
Juan Manuel Rodríguez lleva jugando al fútbol desde que nació, siempre de portero. Cuando apenas levantaba medio metro del suelo iba con su padre a uno de los parques de su Getafe natal a divertirse con un balón. A los 6 años, la edad mínima para comenzar a practicarlo colectivamente, sus padres le apuntaron a la Unión Deportiva Getafe III, el equipo de su barrio el Sector 3. Allí, desde la portería, fue llamando la atención de entrenadores y directivos hasta ser unánimemente considerado como una de las grandes promesas del club. Pero, tras su timidez, su gorrito del Real Madrid y su sonrisa se encuentra un triste problema, que le hace sufrir y en ocasiones le aleja de su pasión. Juanma es alérgico al frio.
El contacto con un simple cubito de hielo puede hacer que su joven piel se llene de dolorosos sarpullidos, una sensación que se multiplica en invierno, con el peligro para su salud que ello conlleva. A los 5 años cuando le diagnosticaron la alergia, a sus padres les pareció que el mundo a su alrededor se venía abajo. Sin embargo, poco a poco, han conseguido convivir con un problema que tiene muchas más variantes que el no poder estar en la calle en invierno. “Mi hijo no puede comerse un helado o tomarse una bebida fría. No puede salir a jugar en la nieve con sus amigos, ni siquiera puede meterse en el agua cuando vamos a la playa y es algo que por el momento no tiene cura. Solo nos queda ser cuidadosos. Se que él iría a todos los partidos pero hay veces que no se puede, no puedo dejarle por su salud”. Milagros, su madre, es una mujer luchadora y estricta. Para ella el potencial futbolístico de Juanma es lo de menos. Por eso no extraña que en los meses de diciembre o enero el niño no vaya a entrenar la mayoría de los días. “Yo antes de empezar la temporada hablo con el entrenador y le comentó el problema de mi hijo. Normalmente lo entienden y no pasa nada. Es un muchacho muy especial” comenta.
Su aspecto las frías mañanas invernales en las que acude a jugar es desolador. Dos pantalones, dos pares de calcetines, camiseta térmica, camiseta de portero, jersey, bufanda, dos guantes y todo coronado en un plumas y en ese inconfundible gorro del Madrid, que le acompaña, a modo de objeto fetiche, bajo los palos. A pesar de todo Juanma nunca pierde la sonrisa y embutido en mil capas murmura bajito la misma frase “me muero de calor pero no había otra forma de poder jugar hoy”. Incluso su madre, que le acompaña a todos los partidos, aguarda en la grada con una jeringuilla siempre disponible por si en algún momento la enfermedad arrecía y acaba perdiendo el conocimiento, algo que por suerte hasta la fecha nunca ha sucedido.
Sin embargo, los días de mucho frio, aquellos en los que el crudo viento sopla con fuerza y el campo amanece con restos de escarcha, siguen siendo territorio vetado para el joven portero. Sus entrenadores lo saben y desde principio de temporada deben ir pensando un plan alternativo. Rubén López míster de Juanma durante su etapa como benjamín en el Getafe III comentaba que él cada día en los entrenamientos probaba a uno de los otros niños del equipo como portero. “No podemos estar pendientes de si va a venir o no el sábado a jugar. Hasta que no llega el día del portero y su madre decide no se puede hacer nada, simplemente prepararse. Eso sí, si se anuncia lluvia ya se seguro que no va a venir, pero la salud de los niños y su educación son lo primero”.
En verano de 2010 Juanma, por motivos que no vienen al caso, junto con todos sus compañeros de equipo cambió el Getafe III por el Brunete, otro club de la localidad. Allí, igual que había pasado antes tardaron, apenas unos días en darse cuenta del potencial que escondía. Un niño valiente, con unos reflejos felinos, gran manejo del balón con los pies, saque potente y un don que le hace siempre estar bien colocado y salvar partidos con paradas increíbles. Un niño al que mimar y como siempre pasa con las promesas de la localidad, al que esconder cuando toque jugar contra el Getafe para evitar que el grande rapiñe en la cantera de los modestos. Hoy, año y medio después es el portero titular del alevín de fútbol 11 del Brunete y aunque el larguero de la portería cuelgue a casi un metro de su cabeza aún, su clase sigue haciéndole imprescindible siempre que su cruel enfermedad y el frio invierno dan un respiro y puede jugar. Conforme crezca aprenderá a convivir con un problema que no tiene solución, luchando por un día llegar a defender la portería del Real Madrid como su ídolo Iker Casillas. De momento el partido lo tiene ganado pero solo el tiempo dirá quien derrotará a quién.
Por Alejandro Salguero
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