Los hombres de su remota aldea encuadrada en las agrestes laderas del Himalaya a la edad de Carlos Soria son considerados como ancianos. Entre los suyos, Carlos sería uno de los jefes. Desde niños les han inculcado un respeto reverencial hacia las personas mayores, mucho más sabías gracias a su experiencia en el mundo y ahora deben ayudar a un “viejo” a subir ochomiles, algo totalmente impensable entre sus compatriotas y que trastoca su pequeño mundo siempre ligado a la montaña y a su pueblo.
En todos los años que llevan haciendo el mismo trabajo, ayudando a extranjeros a ascender montañas, nunca habían visto nada similar. Son muchos los llamados alpinistas que contratan sus servicios ya sea como portadores, para abrirles rutas por la montaña o simplemente para tirar de ellos cuando sus fuerzas se reducen a causa de la altitud. Están acostumbrados a la ingratitud de no aparecer en los flashes pese al esfuerzo realizado y a que sus hazañas no alcancen la debida importancia, pero esa es su vida. Subir y bajar montañas acompañando a los que tienen dinero.
Cuando les encargaron el trabajo pensaron que se trataba de una broma. Ayudar a un hombre de 72 años a subir al Kangchenjunga era algo que hasta entonces creían imposible. A su edad debería estar en casa descansando. Pero no. Carlos era diferente y no estaba de broma. Bajo su sonrisa y humildad se escondía un hombre con un espíritu indomable, la fuerza de un guerrero y todo constancia y valentía. Un superviviente, un titán de la montaña, con más de 50 años de experiencia y cumbres de todo el planeta a sus espaldas. A pesar de ello vislumbraban el encargo como algo complicado. Creían que tendrían que tirar montaña arriba de un hombre débil, alguien cuya presencia sería una carga más. Sin embargo, se equivocaban. El viejo alpinista era mucho más que eso. Desde el primer momento les trató con respeto, haciéndoles ver la importancia de su presencia en la expedición, dejándoles claro su papel y lo que se esperaba de ellos. El jefe reconoció desde el principio que le iban a ayudar, no ocultó en ningún momento su presencia, como si hacen otros muchos por vanidad y les hizo integrarse en un equipo que sabía muy bien lo que había ido a hacer a la inmensa cordillera del Himalaya.
Así, ambos serpas tomaron un cariño especial por Carlos. Por fin habían encontrado alguien de raza, que amará la montaña tanto o más que ellos y viviera para ella. Una persona que les trataba con respeto y depositaba su confianza en sus conocimientos sobre la cima. Un ejemplo para las personas de todas las edades y ellos participando de su presencia podrían aprender de él. Nunca tuvieron dudas. Irían con aquel español hasta donde hiciera falta, no les importaba la fama, ni el dinero si no la magia especial que destilaba su cuerpo. Compartirían comida, cama, letrina y horas de interminables ascensiones hasta hollar la cumbre y conseguir un paso más en la carrera de Soria. Ellos serían participes de su hazaña y podrían contar a sus nietos y a los niños de su aldea cuando fueran ancianos que conocieron a un hombre que a su edad, escalaba ochomiles hasta rozar las nubes con sus manos como si de un Dios se tratara.
Carlos Soria es un extraño en su mundo, un extraño al que guardan un respeto reverencial y al que en el fondo admiran. En sus interiores desean llegar a esa edad en plenitud física y mental como su nuevo jefe, en lugar de estar encerrados en una choza de su aldea viendo el tiempo pasar y contando historias a sus nietos. El ver a una persona de más de 70 años escalando con ellos les asombra, sienten que deben ayudarle a conseguir sus retos porque al fin y al cabo sabe más que ellos, ha vivido más y ha visto mucho más. Así que, toman como algo personal el que Carlos logré ascender al Kangchenjunga no solo porque les paga sino porque desde niños sienten y creen que a los mayores hay que ayudarles cuando lo piden y servirles en todo lo que pidan. Es su cultura y ahora que un extraño español se ha empeñado en hacerla saltar por los aires no pueden hacer más que respirar bien fuerte, sacar fuerzas de flaqueza y seguir subiendo hasta alcanzar la cima junto a su venerable “anciano”.
Por Alejandro Salguero


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